DIE SCHACHNOVELLE
desde luego, por propia experiencia, el misterioso poder de atracción
del «juego de reyes», de ese juego entre los juegos, el único entre los
ideados por el hombre
que escarpa sobremaneramente a cualquier tiranía del azar, y otorga los
laureles de la victoria exclusivamente al espíritu, o mejor aún, a una
forma muy característica de agudeza mental. ¿Pero no es ya el solo hecho de tildarlo de
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Dibujo de Hans Fronius
Novela de ajedrez de Stefan Zweig,
1949 editorial Bermann-Fischer
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juego
una degradación insultante? ¿No es acaso también una ciencia, un arte
que gravita entre estas diferentes categorías como entre el cielo y la
tierra del ataúd de Mahoma? ¿No es por azar un vínculo único entre todos
los pares de contrarios; antiquísimo y sin embargo siempre nuevo;
mecánico en su disposición y sin embargo eficaz tan sólo por obra de la
fantasía; limitado a un espacio rígidamente geométrico y a un tiempo
ilimitado en sus combinaciones; en perpetuo desarrollo y sin embargo
estéril; un pensamiento que no lleva a nada, una matemática que nada
calcula, un arte sin obras, una arquitectura sis sustancia, y aún así
más manifiestamente perenne en su esencia y existencia que todos los
libros y obras de arte, el único juego que pertenece a todos los pueblos y
a todas las épocas y del que nadie sabe que dios lo legó a la tierra
para matar el hastío, aguzar los sentidos y estimular el espíritu?
¿Dónde empieza, dónde acaba? Cualquier niño puede aprender sus reglas
básicas, cualquier chapucero puede probar con él fortuna, y sin embargo
tiene la virtud de generar en el seno de su cuadrado, inmutable y
estricto, una especie peculiar de campeones sin comparación con ninguna
otra, hombres dotados de habilidad especial para el ajedrez, de una
genialidad específica que combina clarividencia, paciencia y técnica en
proporciones tan exactamente definidas como lo están para las
matemáticas, poemas y músicos, sólo que con distinta disposición y
armonía».
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| Portada de la primera edición alemana de Schachnovelle
de Stefan Zweig en Buenos Aires Foto © Elke Rehder
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Zweig, que gozaba de una posición económica desahogada, pudo trasladarse donde y cuando quiso, pero siempre encontró motivos para considerarse perseguido: por su postura pacifista, por su origen judío, por ser considerado una voz que se alzaba contra el dominio alemán. Por ello, comenzó a viajar por todo el globo, buscando el mejor lugar para residir. Su legítima preocupación derivó en paranoia, que finalmente le llevó al paroxismo del suicidio, una decisión tan inesperada como cruelmente fatal. El Dr. B pasó por un periplo similar (aunque logró una especie de escapatoria).
Una afortunada circunstancia le ayuda a disipar el aburrimiento. Un descuido de los guardias le permite robar un libro de un abrigo, que resulta ser un manual de ajedrez. Lo lee, lo memoriza y reproduce los 150 problemas que contiene. Encuentra una forma de escapar de la ausencia de sentido que le rodea. El ajedrez le proporciona un refugio en lo más recóndito de su mente.
Por supuesto, se había inoculado otro veneno. Salió de un encierro, pero cayó en otro, el de su mente, que se obsesionará con un juego que, tras demostrar ser una eficaz vía de escape, se convertirá en una nueva prisión. Su nueva ocupación dividió su mente en dos, ya que utilizó un lado para jugar con las blancas y el otro para jugar con las negras. Intentó disociarlas para que cada una ignorara las intenciones de la otra. Pasaron horas, días y meses, hasta que se liberó.
El abogado, según evoluciona la historia, acaba jugando contra el campeón, volviendo al ajedrez, algo que estaba absolutamente contraindicado. No debería haber recaído en una obsesión a la que tanto le había costado renunciar. Cometió el peor error, no al hacer una jugada errónea, sino al decidir volver a jugar. Una vez más, el Dr. B corre el riesgo de dejar que toda su mente quede atrapada en el ajedrez. Esta obsesión es comparable a la del propio Zweig, que no podía librarse de los pensamientos sobre la imparable expansión nazi por el mundo.
En la novela, las partidas de ajedrez que tienen lugar en el barco pueden describirse como parábolas clásicas: la dualidad que existe entre la libertad y la coacción; entre el mundo civilizado y el totalitarismo; entre lo humano y lo inhumano. Más aún, entre el bien y el mal, dado que, según algunas filosofías, están presentes en igual medida en la especie humana. Volviendo a la historia, todo comienza en un transatlántico que navega rumbo a Buenos Aires. A bordo, nos encontramos con un «pájaro raro», nada menos que Czentovic, campeón del mundo de ajedrez, que se dirigía a Argentina «en busca de nuevos triunfos». Está enclaustrado en una sola idea: era monotemático, como ya hemos dicho. Sobre este rasgo, el autor afirma: «Cuanto más se limita uno a sí mismo, más cerca está del infinito». Por otra parte, también se le retrata como el prototipo de genio chiflado cuya «ignorancia era igual de absoluta en todos los demás ámbitos», a excepción de su capacidad única sobre el tablero.
Era un extraño al mundo intelectual, «un campesino aburrido y taciturno». Vivía dentro de un caparazón y ocultaba su personalidad evitando cualquier tipo de conversación. De este modo, «nadie podrá jactarse jamás de haberle oído decir una estupidez o de haber sondeado las profundidades de su aparentemente ilimitada ignorancia» En estas condiciones, alcanzó la cima del mundo del ajedrez y, a pesar de todos sus defectos -o quizá gracias a ellos-, se convirtió en un presuntuoso. «Este muchacho sólo tiene un dato en su ofuscado cerebro -que no ha perdido una sola partida de ajedrez en meses- y como no tiene ni idea de que en el mundo haya nada de valor aparte del ajedrez y el dinero, tiene motivos para estar satisfecho de sí mismo», afirma Zweig, no sólo refiriéndose a las peculiaridades de este ajedrecista, sino también a las de la especie humana:
Como ya sabemos, un grupo de jugadores, en consulta, pierde patéticamente contra el campeón Czentovic. Con el tiempo, sin embargo, el mencionado Dr. B adquiere protagonismo en la historia cuando se une al grupo, indicando la secuencia correcta que conduce a unas tablas en la revancha. Se propone un cara a cara, y el misterioso oponente acepta nervioso, consciente de que hacía casi veinticinco años que no jugaba al ajedrez. El doctor no había olvidado el libro de ajedrez que le había servido para escapar del aburrimiento, ni tampoco las migas de pan y la colcha cuadrada que había utilizado como piezas y tablero.
Recordemos que, en cautividad, había conseguido reproducir los juegos gracias a las habilidades desarrolladas por su obsesión. No necesitaba el edredón ni las migas, podía hacerlo todo en su cerebro. Y era feliz, como él mismo describió:
Esta escisión, entre blancas y negras, la proeza mental que lo salvó de la letanía en cautiverio, lo condujo irreversiblemente a un abismo sin fondo, a una especie de «intoxicación ajedrecística» (que estaba presente durante la vigilia y el sueño), a la esquizofrenia, a un estado de alienación muy difícil de dejar atrás. Había dejado de lado el ajedrez, hasta el viaje a Buenos Aires, donde, inesperadamente, al aceptar enfrentarse al campeón, se arriesgó a una recaída muy peligrosa. Durante la partida con Czentovic, el campeón reflexiona sobre sus jugadas mientras su rival -que aparentemente lo tenía todo bajo control- se impacienta cada vez más, no por la posición en el tablero, sino por su estado de ánimo. Empezó a moverse como si estuviera en la sala de confinamiento. ¡El pasado estaba volviendo!
El abogado gana sorprendentemente y, rompiendo su promesa, acepta la revancha. Durante la segunda partida, su comportamiento cambia (¡esa impaciencia enfermiza!) y, lo que es peor, vuelven los rastros de delirio. Por suerte, un confidente, que conocía la historia del doctor, le devolvió rápidamente a la realidad, advirtiéndole del peligro inminente. Aquella fue, afortunadamente, la última partida de ajedrez que jugaría. «
Compartió la suerte de casi todos los austriacos: tuvo que servir como soldado entre 1941 y 1945. Por supuesto, también en esa época se mantuvo activo artísticamente. Su reputación nacional e internacional crecía constantemente. En 1961 se trasladó con su familia a Perchtoldsdorf, cerca de Viena. Continuó enseñando en un instituto de la ciudad de Mödling hasta 1964, después se dedicó exclusivamente a las bellas artes. Su enorme poder creativo perduró hasta su muerte, el 21 de marzo de 1988.
hijo del director de cine alemán Richard Oswald y de la actriz Käthe
Oswald. Trabajó como actor infantil antes de emigrar a Estados Unidos en
1938.
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| Logo original |
Pero la compañía comenzó a producir propaganda nazi sólo después de que Adolf Hitler llegara al poder en 1933. Es verdad que al principio hubo cierta libertad de acción, debido a la voluntad del responsable de la UFA, Hugenberg, que era sin embargo muy conservador, según contó Douglas Sirk en 1969. El ministro de propaganda Joseph Goebbels controló finalmente el contenido de los filmes de UFA mediante amenazas y presiones políticas. El proceso fue más lento que en otros campos, como el teatral o el literario, pero este clima se haría insoportable, y por ello Fritz Lang, al igual que otros colegas suyos de UFA, abandonó Alemania, e inició una nueva carrera en Hollywood.(wiki)
Rudolf Teschner fue siete veces Campeón de Berlín. En 1948 ganó un Campeonato de la Zona Este en Bad Doberan, y más tarde, en 1951, se hizo con el Campeonato de Alemania (jugado en Düsseldorf). Teschner fue miembro destacado del equipo olímpico alemán de ajedrez en 1952 y 1956. En 1957 obtuvo el título de Maestro Internacional de la FIDE. Fue 2-3 en el torneo Zonal de Berg en Dal 1960 y dos veces 1-4 en los torneos de Navidad de Reggio Emilia (1963/1964 y 1964/1965). Teschner jugó en el torneo Interzonal de Estocolmo de 1962.
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| David Sala nació en 1973 en Décines, cerca de Lyon. Estudió en la prestigiosa escuela Émile Cohl. Ha realizado una adaptación de la novela de Stefan Zweig, El jugador de ajedrez (Astiberri, Bilbao 2018) En los denuncia desgarradora y desesperada de la barbarie nazi, titulada ‘Novela de ajedrez’, es el último texto escrito por Stefan Zweig antes de suicidarse, a partir del cual David Sala ha realizado esta adaptación que ha sido calificada como suntuosa por la revista ‘L’Express’. El autor francés asegura que se trata de un texto que resuena en el contexto político actual por el tema del triunfo de la barbarie y de la brutalidad frente a la cultura, el humanismo y la imaginación y destaca que aun estando lejos de lo que ocurría en 1930, vemos resurgir una atmósfera particular que desgraciadamente recuerda las ideas inquietantes y nauseabundas de aquel periodo. el jugador de ajedrez |
Pamplona, febrero de 2025
Categorías: Cine
















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