(ACTUALIZACIÓN 6-11-2022)

 
Había leído varios ensayos sobre este tema.  Confieso que yo mismo  tengo afición por los tres elementos sugeridos.   He confesado que mi abuelo me enseño los rudimentos del juego del ajedrez y además, me «contagió» el gusto por la música  y me inició en la guitarra.   También mi madre, además de pintar tocaba el acordeón.  Es decir que la música estuvo siempre presente en mi infancia y adolescencia y aún permanece a mi lado.



Recuerdo que al crearse la Facultad de Arquitectura en la Pontificia Universidad Católica del Ecuador, regentada por los jesuítas, un amigo de la infancia, Fernando Calle, su primer decano y otros arquitectos compañeros de  aula de la Universidad Central, me propusieron la cátedra de matemáticas, por mi gusto y conocimiento de las mismas, demostrada en los estudios universitarios.   Muy apenado, no pude aceptar el requerimiento de mis colegas, por ocupaciones profsionales que abosorbían mi tiempo en un proyecto del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), que se desarrollaba simultáneamente.




Recuerdo también que en mi biblioteca tengo el libro «ajedrez y matemáticas» de Bonsdorff-Fabel y Riihimaa, de la Colección Escaques, en el que vuelvo a releer:
 

«La vinculación de las matemáticas con el ajedrez ha sido materia de estudio durante largo tiempo.  A partir de elementales y fantasiosos temas -como el de los granos de trigo que debían reunirse sobre el tablero para recompensar al legendario inventor de este juego-, el ajedrez ha recorrido un largo camino llevando, como inseparable compañera, a la ciencia de los números exactos, de la resolución concreta»



Que decir de los campeones mundiales Lasker, Euwe y Botvinnik, profesionales vinculados directamente con las matemáticas, o de matemáticos como Leonard Euler y su conocido problema «La marcha del caballo»: andar con el caballo por todas las casillas del tablero sin pasar dos veces en ninguna de ellas.



En «ajedrez y matemáticas» nos deleitamos con las coordinaciones de piezas idénticas.  Veamos las de la dama:
 
«Los problemas referentes a esta pieza son más numerosos que los que conciernen al rey. Se han publicado muchos trabajos sobre el problema de las 5 damas, sobre el de las 16 damas y sobre todo el de las 8 damas, el cual es el más conocido.
Pero es mucho más importante el asunto de colocar el mayor número psible de damas en el tablero normal, procurando que no se protejan mutuamente o, dicho de otro modo, que cada una no dé jaque a las demás.  Nos referimos a un antiguo problema de ajedrez, («Berliner schachzeitung «-1848), que tuvo aceptación y aplauso, y atrajo la atención del destacado Loyd.  Se conocee por el nombre de «Problema de las ocho damas».  Y es realmente el máximo número de esta clase de piezas que se pueden colocar en el tablero normal, de suerte que abarquen todas las casillas y no se protejan mutuamente.
El doctor Nauck determinó 92 soluciones («Illustrierten Zeitung»- 1850)»  
Bonsdorff-Fabel-Riihimaa, «AJEDREZ Y MATEMATICAS», Ediciones Martínez Roca, Colección Escaques, Barcelona,España-1974. Págs. 91-93
 
 «El problema de las ocho damas»


Recientemente un científico de Harvard resolvió el viejo problema  de las n-reinas.

El rompecabezas de las n-reinas apareció en 1869 como una versión más amplia del problema de las ocho reinas. Desde entonces nadie había podido resolverlo. Hasta ahora, al menos hasta cierto punto.
Simkin, tardó casi cinco años en dar con la ecuación, con una variedad de enfoques y técnicas utilizadas, y unas cuantas barreras en el camino hacia la solución. Finalmente, el matemático fue capaz de calcular los límites inferiores y superiores de las posibles soluciones utilizando diferentes métodos, descubriendo que casi coincidían.

Simkin, que asegura que personalmente es un pésimo jugador de ajedrez, se interesó por el problema por la forma en que podía aplicar los avances del campo de las matemáticas en el que trabaja, llamado combinatoria, que se centra en el recuento y en los problemas de selección y ordenación.

«Sigo disfrutando del reto de jugar, pero supongo que las matemáticas son más indulgentes», dijo Simkin.

En teoría, debería ser posible una respuesta más precisa, pero Simkin se ha acercado más que nunca. «Creo que, personalmente, puede que haya terminado con el problema de las n-reinas durante un tiempo, no porque no haya nada más que hacer con él, sino simplemente porque he estado soñando con el ajedrez y estoy dispuesto a seguir adelante con mi vida», dice Simkin. 

 
 

François-André Danican, a los seis años de edad, fue aceptado como paje de la corte, cuatro años antes del límite permitido, lo que fue facilitado por los vínculos de sus antepasados músicos. Desde su incorporación evidenció un talento temprano y una muy buena disposición. Se sumará al coro de la Capilla Real de Versalles, donde aprenderá música, habiendo de desarrollar eximios conocimientos en tanto pianista, y dará sus primeros pasos como compositor. Su primer trabajo propio en este carácter lo hizo a los once años, siendo un motete para un coro completo que mereció el elogio de Luis XV y una recompensa de cinco luises de oro.

Tres años después deja el Coro, se instala en París y, con catorce años de edad, ya dará clases de música; además de embarcarse en su actividad como creador, copista de música y ejecutante de piano. Con el tiempo, será muy prolífico y exitoso, máxime en su calidad de compositor. Desde el punto de vista del estilo, pasará de la música sacra a encarar luego obras de un estilo más moderno e italianizante. https://ajedrezlatitudsur.wordpress.com/2022/09/07/semblanza-de-francois-andre-danican-philidor/

 
 
Kasparov, en su obra autobiográfica «Hijo del cambio» rememora a su padre, Kim Moiseyevich Weinstein, un ingeniero que procedía de una familia de músicos.  Su abuelo era un compositor, miembro de la Unión de Compositores.  Su abuela profesora de música y su tío Leonid, un compositor de cierto renombre.  Comenta que fue una sorpresa cuando su padre decidió a los diecisiete años no continuar en la escuela de música, por que era un violinista de talento y también tocaba el piano, y se matriculó en la Facultad de Energía en la Universidad.



«El mismo Korchnói, el último más famoso desertor jugador de ajedrez soviético, también empezó a los seis años. Su madre era una pianista, que cultivó otros aspectos interesantes sobre el genio del ajedrez, ya que la música, las matemáticas y el ajedrez, tres de los más hermosos logros de la mente humana, suelen agruparse. Una habilidad por uno parece estar acompañada por una aptitud por una de las otras por lo menos.




En mi propio caso, es verdad que encontré las matemáticas bastante sencillas en el colegio, e incluso disfrutaba con los problemas, tanto que uno de mis profesores fue tan amable que quiso darme clases extras para desarrollar este talento a un nivel más alto, cosa que mi madre no permitió. Ella consideraba que la combinación de matemáticas y ajedrez tenía pocas probabilidades de producir un completo ser humano e insistió en que estudiara literatura. Estoy seguro de que tenía razón.




Kárpov tuvo un problema similar, pero lo resolvió de diferente manera. Al principio se matriculó en la Facultad de Matemáticas y Mecánica en la Universidad de Moscú, pero no era posible combinar este exigente curso con la carrera de ajedrecista, así que se cambió a la Facultad de Económicas .

Quizá esto es en parte la razón de por qué hemos resultado ser personas tan diferentes, con estilos tan distintos ante el ajedrez y la vida. Nuestras diferencias, por supuesto, también eran heredadas.

Mi tío Leonid, un distinguido compositor, cree que podía haber desarrollado la afición por la música demostrada por parte de la familia de mi padre. Basa su opinión en un concierto al que me llevó a la recargada y llena de hojas doradas Sala Filarmónica, en Bakú, cuando yo era niño; cuando oí Guía de Orquesta de un joven de Benjamin Britten, reaccioné con gran entusiasmo infantil al sonido de cada uno de los instrumentos. Me gusta mucho la música, pero no he tenido tiempo de aprender a tocar ningún instrumento.» Kasparov, G., «Hijo del cambio», Sudamericana Planeta, Argentina, 1987
 
 
Vasily Smyslov (1921-2010)
 
La íntima relación entre la música y el ajedrez constituyó un tema crucial y característico en el pensamiento de Smyslov, como relata Leontxo García en su necrológica: «Todo el mundo entiende lo que es la armonía musical. En el ajedrez, la armonía es la buena coordinación de las piezas, el equilibrio en su ubicación, y la capacidad de evaluar una posición de un simple vistazo, sin calcular variantes concretas. Tanto Mozart como Capablanca exhibieron mucha armonía, cada uno en su arte», me dijo en 1983, tras eliminar en Londres al húngaro Zoltan Ribli en las semifinales del Torneo de Candidatos, logrando así un récord de longevidad: meses después, con 63 años, disputó (y perdió) la final con Gari Kaspárov.» (paperblog)
 

Smyslov Zurich 1953 (paperblog)  

 


En la web del Zurich Chess Challenge 2014 publican una galería vintage en la que podemos ver la foto de familia entre otras. Quizá la mas llamativa sea la de Smyslov cantando con Mark Taimanov al piano en los estudios de la radiotelevisión suiza en Zurich.

Suiza fue el tercer país de Europa en tener su radio pública (SRG SSR), la cual comenzó sus emisiones de tv precisamente en 1953 en Zurich. Emitían una hora diaria cinco días a la semana en modo de pruebas, así que es posible que Smyslov y Taimanov interpretando el prólogo de la ópera de Leoncavallo «Payasos» formen parte del histórico nacimiento de la televisión suiza. Smyslov fue un virtuoso barítono y no era raro que cantara en los torneos acompañado por Taimanov. Supongo que eran muy amigos, porque sus dos partidas en Zurich acabaron en tablas bastante amistosas.

 
 
Mark Taimanov (1926-2016)


«Nos atrevemos a decir que es un caso claramente singular puesto que alcanzó prodigiosos niveles de experticia en sendos oficios, música y ajedrez, como ningún mortal conocido. En efecto, vencer al campeón mundial Botvinnik o llegar a estar entre los Candidatos al título mundial de ajedrez, como lo hiciera Taimanov en los años cincuenta y setenta y, de otro lado, en el ámbito musical, grabar una de las consideradas cien piezas magistrales para duetos de piano en el siglo XX es, sencillamente, algo muy pero muy raro». http://www.ajedrezpinal.com/doble-ocho-para-mark-taimanov/



«Ajedrez… y más allá

Jorge Wagensberg
1 AGO 2013 – 04:17 CEST 



Lo deja caer Leontxo García en su libro, Ajedrez y ciencia, pasiones mezcladas: existen auténticos niños prodigio en pocas disciplinas, quizá solo en tres, matemáticas, música y ajedrez. La expresión niño prodigio no significa aquí talento admirable para su edad, sino admirable en valor absoluto. Fuera de estas tres disciplinas existen genios adolescentes que escriben, que pintan o que juegan al fútbol, pero nunca llegan a disputar el mismo espacio que ocupan los genios adultos. Sin embargo, a los 12 años Arturo Pomar hizo tablas con el legendario Alexander Alekhine, los conciertos del Mozart adolescente forman parte del repertorio de los grandes violinistas y cualquier matemático admira la Teoría de Grupos que Galois concibiera siendo aún menor edad. ¿Por qué? ¿Qué tienen en común el ajedrez, la música y las matemáticas? La afilada observación de Leontxo no es fácil de analizar. Se diría que la matemática, la música y el ajedrez son construcciones puramente mentales que deben su eficacia a un lenguaje universal y potente. El texto de Leontxo García rebosa de intuiciones que manan del ajedrez y van más allá porque está escrito por un observador que es a la vez jugador, periodista y amante pasional de este juego milenario. Lleva décadas como testigo directo de los grandes acontecimientos ajedrecísticos desde que, como tantísimos otros, fuera abducido y seducido en 1972 por el encuentro entre Fisher y Spassky por el título mundial. Desde entonces el autor ha estado siempre en primera fila como testigo, como divulgador y como conversador imprescindible.»

https://elpais.com/cultura/2013/08/01/actualidad/1375323430_654723.html


FRANCIS GEORGE STEINER







En una entrada anterior (https://fotografiadelacoleccion.blogspot.com/2019/11/reykjavik-1972-i.html)  acompañamos a George Steiner, como invitado privilegiado al match del siglo como se denominó el enfrentamiento entre Spassky y Fischer, no solo en el tablero de ajedrez, sino inclusive en la geopolítica y en plena «guerra fría», al relato en «Campos de Fuerza» sobre los entretelones de este formidable enfrentamiento, al que Kasparov se refiere asi:


«Creo
que la razón por la que nos fijamos en estas partidas, probablemente no
fue tanto por el factor ajedrez sino por el elemento político, que era
inevitable porque en la Unión Soviética, el ajedrez era tratado por las
autoridades soviéticas como una herramienta ideológica muy importante y
útil para demostrar la superioridad intelectual del régimen comunista
soviético sobre el decadente Occidente. Por eso la derrota de Spassky
fue tratada por personas en ambos lados del Atlántico como un momento
aplastante en medio de la Guerra Fría «.




Ahora comparto con los amigos del blog, el fascinante relato, relacionado con la temática de la presente entrada.




«Muerte de reyes 


George Steiner * (1968)


Hay
tres ocupaciones intelectuales, y hasta donde yo sé solamente tres, en
las que los seres humanos han realizado grandes hazañas antes de la edad
de la pubertad. Son la música, las matemáticas y el ajedrez. Mozart
escribió música de indudable competencia y encanto antes de cumplir los
ocho años. A los tres, Karl Friedrich Gauss efectuó, según se dice,
cálculos numéricos de cierta complejidad; demostró ser un aritmético
prodigiosamente rápido pero también notablemente profundo antes de
cumplir los diez. Con doce años, Paul Morphy derrotó a todos sus
contrincantes en Nueva Orleans, una proeza no pequeña en una ciudad que,
hace cien años, contaba con varios formidables jugadores de ajedrez.
¿Nos hallamos aquí ante algún género de complejos reflejos imitativos,
con logros posiblemente al alcance de unos autómatas? ¿O realmente crean
algo estos maravillosos seres en miniatura? Las seis sonatas de Rossini
para dos violines, violonchelo y contrabajo, compuestas por el muchacho
durante el verano de 1804, tienen una patente influencia de Haydn y
Vivaldi, pero son de Rossini las líneas melódicas principales,
espléndidamente imaginativas. Al parecer, es cierto que Pascal, a los
doce años, recreó por sí y para sí los axiomas esenciales y las
proposiciones iniciales de la geometría euclidiana. Las primeras
partidas de Capablanca y Alekhine de las que tenemos constancia
contienen importantes ideas y muestran signos de un estilo personal.
Ninguna teoría del reflejo de Pávlov o de la imitación simiesca puede
explicar estos hechos. En estos tres dominios encontramos una creación,
no pocas veces característica y memorable, a una edad increíblemente
temprana. 




¿Hay una explicación? Buscamos alguna relación genuina entre las tres
actividades; ¿en qué se asemejan la música, las matemáticas y el
ajedrez? Este es el tipo de pregunta para la que debería haber una
respuesta bien clara, hasta clásica. (La idea de que haya una profunda
afinidad no es nueva). Pero encontramos poca cosa aparte de indicios
imprecisos y metáforas. La psicología de la invención musical —como algo
diferente del simple virtuosismo en la ejecución— es casi inexistente. A
pesar de las fascinantes pistas proporcionadas por los matemáticos
Jules Poincaré y Jacques Hadamard, apenas se sabe nada de los procesos
intuitivos y de razonamiento que subyacen al descubrimiento matemático.
El doctor Fred Reinfeld y el señor Gerald Abrahams han escrito cosas
interesantes acerca de la «mente ajedrecística», pero sin establecer si
existe y, en caso de que así sea, qué es lo que constituye sus
singulares capacidades. En cada una de estas esferas, la «psicología» se
limita a ser principalmente cuestión de anécdotas, entre ellas las
deslumbrantes exhibiciones ejecutivas y creativas de los niños prodigio. 




Reflexionando, hay dos aspectos que nos sorprenden. La impresión
dominante es que las formidables energías y capacidades mentales para la
combinación deliberada de las que hace gala el niño experto en música,
en matemáticas o en ajedrez están casi totalmente aisladas, que se
disparan alcanzando madurez al margen de y sin necesaria relación con
otros rasgos cerebrales y físicos, que maduran normalmente. Un prodigio
musical, un niño compositor o director, puede ser en otros aspectos un
niño pequeño, petulante e ignorante como suelen ser los niños de su
edad. No hay testimonios que indiquen que la conducta de Gauss cuando
era un chiquillo, su dominio del lenguaje o su coherencia emocional,
excedieran en modo alguno los de otros chiquillos; era un adulto, y más
que un adulto normal, únicamente en lo que concierne a la comprensión
numérica y matemática. Cualquiera que haya jugado al ajedrez con un niño
de corta edad y grandes dotes se habrá dado cuenta de la flagrante,
casi escandalosa disparidad que hay entre las estratagemas y la
sofisticación analítica de los movimientos del niño sobre el tablero y
su conducta pueril en cuanto se guardan las piezas. Yo he visto a un
niño de seis años manejar una defensa francesa con una tenaz maestría y,
un momento después de terminar la partida, convertirse en un mocoso
ruidoso y destructivo sin ton ni son. En suma, sea lo que sea lo que
sucede en el cerebro y en las sinapsis nerviosas de un joven
Mendelssohn, de un Galois, de Bobby Fischer, del colegial en todo lo
demás imprevisible, al parecer sucede de una manera esencialmente
aislada. Ahora bien, aunque las últimas teorías neurológicas están
evocando de nuevo la posibilidad de una localización especializada —la
idea, familiar en la frenología del siglo XVIII, de que nuestros
cerebros tienen zonas diferentes para habilidades o potenciales
diferentes—, lo que pasa es que no tenemos los hechos. Existen ciertos
centros sensoriales muy evidentes, es verdad, pero lo que pasa es que no
sabemos si el córtex separa sus numerosas tareas ni cómo lo hace. Pero
la imagen de la localización es sugerente. 




La música, las matemáticas y el ajedrez son, en algunos aspectos
vitales, actos dinámicos de localización. Unos elementos simbólicos son
dispuestos en hileras que tienen un significado. A las soluciones, ya
sean la de una discordancia, la de una ecuación algebraica o la de un
punto muerto en la posición, se llega por medio de una reordenación
secuencial de unidades individuales y grupos de unidades (notas,
integrales, torres o peones). El niño experto, como su homólogo adulto,
es capaz de visualizar, de un modo instantáneo y sin embargo con una
seguridad sobrenatural, cómo estarán las cosas varias jugadas después.
Ve el argumento lógico, necesariamente armónico y melódico conforme
brota de una inicial relación clave o de los fragmentos preliminares de
un tema. Conoce el orden y la dimensión apropiada de la suma o de la
figura geométrica antes de haber dado los pasos intermedios. Anuncia
mate en seis porque la posición final victoriosa, la configuración de
máxima eficiencia de sus piezas sobre el tablero está de alguna forma
«ahí fuera» en la gráfica e inexplicablemente clara visión de su mente.
En cada ejemplo, el mecanismo cerebral-nervioso da un verdadero salto
adelante a un «espacio subsiguiente». Es muy posible que ésta sea una
capacidad neurológica —nos sentimos tentados a decir neuroquímica—
enormemente especializada pero casi aislada de otras capacidades
mentales y fisiológicas y susceptible de un desarrollo increíblemente
rápido. Alguna instigación ocasional —una melodía o progresión armónica
tocada de oído en el piano de la habitación contigua, una hilera de
cifras apuntadas en la pizarra de una tienda para sumarlas, la visión de
los primeros movimientos de una partida de ajedrez en un café— pone en
marcha una reacción en cadena en una zona limitada de la psique humana.
El resultado es una hermosa monomanía.




La música y las matemáticas figuran entre las maravillas más
destacadas de la raza humana. Lévi-Strauss ve en la invención de la
melodía «una clave del supremo misterio» del hombre: una pista, si
pudiéramos seguirla, de la singular estructura y genio de la especie. El
poder que tienen las matemáticas para idear acciones por unas razones
tan sutiles, ingeniosas y múltiples como ninguna que pueda ofrecer la
experiencia sensorial, y avanzar en un despliegue infinito de vida
autocreadora, es una de las extrañas y profundas marcas que el hombre
deja en el mundo. El ajedrez, por otra parte, es un juego en el que
treinta y dos figuritas de marfil, cuerno, madera o metal o (en los
campos de prisioneros) serrín pegado con cera de zapatos se arrastran de
un lado a otro sobre sesenta y cuatro casillas de colores alternados.
Para el adicto, semejante descripción es una blasfemia. Los orígenes del
ajedrez están envueltos en nieblas de controversia, pero es innegable
que este pasatiempo, antiquísimo y trivial, les ha parecido a muchos
seres humanos excepcionalmente inteligentes de todas las razas y siglos
constituir una realidad, un foco para las emociones, tan sustancial como
la realidad, a menudo más que ella. Los naipes pueden llegar a
significar el mismo absoluto. Pero su magnetismo es impuro. La locura
por el whist o el póquer se engancha en la obvia y universal magia del
dinero. El elemento financiero en el ajedrez, cuando existe, ha sido
siempre pequeño o accidental.




Para un verdadero jugador de ajedrez, llevar de un lado a otro treinta
y dos figuras sobre 8 x 8 casillas es un fin en sí mismo, todo un mundo
al lado del cual la mera vida biológica, política o social resultan
desordenadas, rancias y contingentes. Hasta el patzer, el desdichado
aficionado que lanza a la carga su peón de rey cuando el alfil del
contrincante se escapa a R4, siente ese hechizo demoníaco. Hay momentos
seductores en los que seres por lo demás normales y totalmente
comprometidos, hombres como Lenin y yo mismo, prefieren renunciar a todo
—matrimonio, hipotecas, carreras profesionales, la Revolución rusa—
para pasarse los días y las noches moviendo unos pequeños objetos
tallados arriba y abajo sobre un tablero cuadrado. Ante la vista de un
ajedrez, aunque sea el peor de los ajedreces de bolsillo hecho de
plástico, nuestros dedos se arquean y un escalofrío recorre nuestra
espina dorsal como en un sueño ligero. No por ganancia, no por
conocimiento ni por fama, sino en algún encantamiento autista, puro como
uno de los cánones invertidos de Bach o como la fórmula de Euler para
los poliedros. Ahí está, sin duda, una de las conexiones reales. A pesar
de toda su riqueza de contenido, a pesar de toda la cantidad de
historia y de institución social invertida en ellos, la música, las
matemáticas y el ajedrez son resplandecientemente inútiles (las
matemáticas aplicadas no son más que fontanería superior, una especie de
música para la banda de la policía). Son metafísicamente triviales,
irresponsables. Se niegan a relacionarse con el exterior, a tomar a la
realidad como árbitro. Esta es la fuente de su brujería. Nos hablan, al
igual que un proceso afín pero muy posterior, el arte abstracto, de la
singular capacidad del hombre para «construir contra el mundo», para
idear unas formas que son estrambóticas, totalmente inútiles,
austeramente frívolas. Estas formas son irresponsables ante la realidad,
y por lo tanto inviolables, como no lo es ninguna otra cosa, por la
banal autoridad de la muerte.




Las asociaciones alegóricas de la muerte con el ajedrez son perennes:
en los grabados medievales sobre madera, en los frescos renacentistas,
en las películas de Cocteau y Bergman. La muerte gana la partida, pero
al hacerlo se somete, aunque sea momentáneamente, a unas reglas
enteramente fuera de su dominio. Los amantes juegan al ajedrez para
detener el atormentador paso del tiempo y apartar al mundo. De este
modo, dice Yeats en «Deirdre»:




Sabían que no había nada que pudiera salvarlos,

de modo que jugaron al ajedrez todas las noches

durante años, y aguardaron el golpe de la espada.

Nunca oí una muerte tan fuera del alcance

de los corazones comunes, un elevado y hermoso final.



Es este ostracismo de la mortalidad común, esta inmersión de los seres
humanos en una esfera cerrada, cristalina, lo que tiene que captar el
poeta o novelista que toma como asunto el ajedrez. Es preciso hacer
psicológicamente creíble el escándalo, la paradoja de una trivialidad
importantísima. El éxito en este género es raro. Master Prim (Little,
Brown & Co.) de James Whitfield Ellison, no es una buena novela,
pero hay en ella cosas que merecen la pena. Francis Rafael, el narrador,
es enviado por su editor a redactar una noticia de primera plana sobre
Julian Prim, la nueva promesa del ajedrez americano. Al principio, el
maduro cronista, asentado y aburguesado hasta la médula, y el maestro de
diecinueve años no congenian. Prim es arrogante y áspero; tiene los
modales de un cachorro de dientes afilados. Pero el propio Rafael había
soñado antaño con convertirse en un destacado jugador de ajedrez. En la
escena más tensa de la novela, una serie de partidas rápidas en jugadas
de diez segundos entre Julian y diversos «pichones» en el Club de
Ajedrez Gotham, el novelista y el joven campeón se encuentran ante el
tablero. Rafael casi consigue un empate y surge entre los dos
antagonistas «una especie de francmasonería de mutuo respeto». Cuando
llegamos a la última página, Prim ha ganado el Campeonato de Ajedrez de
Estados Unidos y está comprometido con la hija de Rafael. La historia
del señor Ellison tiene todos los elementos de un roman à clef [novela
de clave]. Las peculiaridades y la carrera de Julian podrían estar
basadas en las de Bobby Fischer, cuyo antagonismo personal y profesional
hacia Samuel Reshevsky —un conflicto inusual por su vehemencia pública
aun en el mundo del ajedrez, necesariamente combativo— es, según parece,
el centro del argumento. Eugene Berlin, el Reshevsky de Ellison, es el
campeón reinante. En una partida que proporciona el demasiado obvio
clímax, Julian arrebata la corona a su odiado contrincante de más edad.
La partida misma, una apertura peón de reina, aunque muy probablemente
basada en el juego del maestro real, no es de gran interés ni belleza.
La manera en que Berlin trata la defensa es poco imaginativa, y la
penetración de Julian en el vigésimo segundo movimiento apenas merece la
excitada reacción del novelista, mucho menos la victoria en el
campeonato. Incidentes y personajes secundarios están asimismo fielmente
inspirados en la realidad, ningún aficionado dejará de recordar a los
hermanos Sturdivant ni confundirá la ubicación del Club Gotham. Lo que
sí transmite Ellison es algo de la extraña y callada violencia que el
ajedrez engendra. Derrotar a otro ser humano en el ajedrez es humillarlo
en las raíces mismas de su inteligencia; vencerlo con facilidad es
dejarlo extrañamente desnudo. En una velada en Manhattan con mucho
alcohol, Julian se enfrenta a Bryan Pleasant, actor inglés de cine, a un
solo caballo y a dólar la partida. Le gana una y otra vez, a doble o
nada, con su «reina apareciendo y golpeando al enemigo como un gran
animal enfurecido». En una vengativa exhibición de virtuosismo, Julian
se concede cada vez menos tiempo. La descarnada ferocidad de su don le
horroriza de pronto: «Es como una enfermedad… Te domina como una fiebre y
pierdes completamente el sentido de cómo son las cosas… Quiero decir ¿a
quién puedes vencer en quince segundos? Aunque seas Dios. Y yo no soy
Dios. Es estúpido tener que decir esto, pero a veces tengo que decirlo». 




Que el ajedrez pueda ser un cercano aliado de la locura es el tema de
la famosa Schachnovelle [Novela de ajedrez] de Stefan Zweig, publicada
en 1941 y traducida al inglés como The royal game. Mirko Czentovic, el
campeón mundial, viaja en un lujoso transatlántico en dirección a Buenos
Aires. Por doscientos cincuenta dólares la partida, accede a jugar
contra un grupo de pasajeros. Derrota el esfuerzo conjunto de éstos con
una facilidad desdeñosa y enloquecedora. De improviso, un misterioso
ayudante se une a los intimidados aficionados. Combate a Czentovic hasta
las tablas. Este rival resulta ser un médico vienés al que la Gestapo
tuvo en confinamiento solitario. Un viejo libro sobre ajedrez fue el
único vínculo del prisionero con el mundo exterior (una ingeniosa
inversión simbólica del papel habitual del ajedrez). El doctor B. se
sabe de memoria las ciento cincuenta partidas que contiene; las ha
repetido mentalmente mil veces. En este proceso, ha dividido su propio
yo en blanco y negro. Al saberse cada partida tan ridículamente bien, ha
conseguido alcanzar una velocidad demencial en el juego mental. Conoce
la respuesta de las negras incluso antes de que las blancas hayan hecho
el siguiente movimiento. El campeón mundial ha tenido la condescendencia
de empezar una segunda ronda. Es derrotado en la primera partida por el
prodigioso desconocido. Czentovic reduce el ritmo del juego. El doctor
B., trastornado por lo que le parece una marcha insoportable y por una
total sensación de déjà vu, siente la proximidad de la esquizofrenia y
se interrumpe en medio de otra brillante partida. Esta fábula macabra,
en la que Zweig comunica la atmósfera de un auténtico juego magistral
sugiriendo la forma de cada partida en lugar de explicar al detalle los
movimientos, señala el elemento esquizoide que hay en el ajedrez. Cuando
estudia aperturas y finales, cuando repite partidas magistrales, el
jugador de ajedrez está al mismo tiempo con las blancas y con las
negras. En el juego real, la mano que espera al otro lado del tablero es
hasta cierto punto la suya. Él está, como si dijéramos, dentro del
cráneo de su oponente, viéndose a sí mismo como el enemigo del momento,
parando sus propios movimientos y volviendo inmediatamente a meterse de
un salto en su propia piel para tratar de contraatacar el contragolpe.
En una partida de naipes, las cartas del adversario están ocultas; en el
ajedrez, sus piezas están constantemente expuestas ante nosotros,
invitándonos a ver las cosas desde su lado. De este modo, en cada mate
hay, literalmente, un adarme de lo que se denomina suimate, un tipo de
problema ajedrecístico en el que se requiere al que ha de resolverlo que
maniobre sus propias piezas para conducirlas al mate. En una partida de
ajedrez seria, entre jugadores de comparable fuerza, somos vencidos y
al mismo tiempo nos vencemos a nosotros mismos. Así, tenemos en la boca
el gusto de la ceniza.




El título de una novela temprana de Nabokov publicada aquí por
McGraw-Hill, King, Queen, Knave [Rey, dama, valet], alude a un palo de
las cartas. Pero los recursos principales del libro están basados en el
ajedrez. El señor Negro y el señor Blanco juegan al ajedrez mientras la
parodia de melodrama erótico se acerca a su anticlímax. La partida que
están jugando refleja con exactitud la situación de los personajes: «El
caballo de Negro está planeando atacar al rey y a la reina de Blanco
mediante un jaque en zigzag». El ajedrez es la metáfora subyacente y el
referente simbólico en toda la narrativa de Nabokov. Pnin juega al
ajedrez; una mirada fortuita a la revista soviética de ajedrez 8 x 8
empuja al héroe de El don a emprender su biografía mítica de
Chernishevski; el título de La verdadera vida de Sebastian Knight es una
alusión al ajedrez, y la insinuación del juego magistral entre dos
modos de verdad recorre todo el relato; el duelo entre Humbert Humbert y
Quilty en Lolita está tramado en términos de una partida de ajedrez
donde lo que se juega es la muerte. Estos aspectos, y en su totalidad el
papel del ajedrez en la producción de Nabokov, se exponen en el libro
del señor Andrew Field, Nabokov, his life in art (Little, Brown, 1967),
admirablemente minucioso y perceptivo. Pero el señor Field se olvida de
la obra maestra en el género. Escrita primero en ruso en 1929, La
defensa Luzhin apareció por primera vez en inglés en 1964, en estas
páginas. Toda la novela tiene que ver con las insustanciales maravillas
del juego. Creemos en el genio ajedrecístico de Luzhin porque Nabokov
expresa estupendamente la naturaleza especializada y estrafalaria de su
don. En todos los demás aspectos y pasos de la vida, Luzhin es un ser
desgalichado, infantil, que busca patéticamente el contacto humano
normal. Cuando se para a pensar en ello, las relaciones humanas le
parecen movimientos en el espacio más o menos estilizados; la
supervivencia en sociedad depende de la comprensión que uno tenga de
unas reglas más o menos arbitrarias, desde luego menos coherentes que
las que rigen un prise en passant. La aflicción personal es un problema
sin resolver, tan frío y lleno de trampas como los problemas de ajedrez
compuestos por el odiado Valentinov. Sólo un poeta que estuviese a su
vez bajo el embrujo del ajedrez podría haber escrito el relato del
encuentro entre Luzhin y Turati. Aquí Nabokov comunica como ningún otro
escritor las secretas afinidades del ajedrez, la música y las
matemáticas, el sentido en el que una buena partida es una forma de
melodía y de geometría animada:




Entonces,
sus dedos buscaron a tientas y encontraron una hechicera, quebradiza,
cristalina combinación, que con un ligero tintineo se desintegró ante la
primera réplica de Turati (…). Finalmente, Turati se decidió por esta
combinación, e inmediatamente una especie de tempestad musical inundó el
tablero y Luzhin la registró obstinadamente buscando la diminuta y
clara nota que necesitaba para a su vez henchirla convirtiéndola en una
atronadora armonía.





Absorto en el juego, Luzhin olvida aplicar a su cigarrillo una cerilla
encendida. Se quema la mano. «El dolor pasó enseguida, pero en aquel
hueco abrasador había visto algo insoportablemente sobrecogedor, el
horror total de las profundidades abisales del ajedrez. Echó un vistazo
al tablero y su cerebro se quedó sin fuerzas por efecto de un cansancio
no experimentado hasta entonces. Pero los jugadores de ajedrez eran
inmisericordes, lo retenían y lo absorbían. Había horror en esto, pero
en esto se hallaba también la única armonía, pues ¿qué otra cosa existe
en el mundo aparte del ajedrez? Niebla, lo desconocido, el no ser…» Pues
¿qué otra cosa existe en el mundo aparte del ajedrez? Una pregunta
estúpida, pero que todo verdadero jugador de ajedrez se ha planteado
alguna vez. Y cuya respuesta —cuando la realidad se ha contraído a
sesenta y cuatro casillas, cuando el cerebro se estrecha hasta ser una
cuchilla luminosa que apunta a una única colección de líneas y fuerzas
ocultas—es cuando menos incierta. Hay más posibles variantes en una
partida de ajedrez que —está calculado— átomos en este universo nuestro
en expansión. El número de posibles maneras legítimas de hacer las
cuatro primeras jugadas de cada lado se eleva a 318.979.584.000.
Haciendo una jugada por minuto y sin repetirla nunca, la población del
planeta entera necesitaría doscientos dieciséis mil millones de años
para agotar todas las maneras imaginables de hacer los diez primeros
movimientos del señor Blanco y el señor Negro de Nabokov. Cuando el
señor Luzhin se hunde en su muerte, en su suimate detenidamente
analizado, se ve que el quiasmo de la noche y de las frías losas abajo
«se dividía en casillas claras y oscuras». 





Así sucede con el mundo en nuestros recurrentes sueños de gloria. Veo
ante mí la escena con burlona claridad. La hilera de mesas en el
café-ajedrez Rossolimo, en el Village, o bajo el grasiento techo del
vestíbulo de un hotel en la ciudad X (Cincinnati, Innsbruk, Lima). El
gran maestro está dando una exhibición rutinaria: treinta y cinco
tableros jugando simultáneamente. La regla, en estas ocasiones, es que
todos sus oponentes jueguen con las negras y muevan en cuanto llega
junto al tablero. Cuanto más débil es el juego, más rápido es su
recorrido alrededor de la habitación. Cuanto más rápido es su acecho de
lobo, más acosados y torpes son los movimientos que hacemos en
respuesta. Estoy jugando una defensa siciliana, resistiendo, tratando de
parar esa mano velocísima y la extenuante celeridad de sus apariciones.
El gran maestro hace un enroque en la decimoquinta jugada y yo respondo
con Q-QKt5. Una vez más, su paso se apresura hacia mi mesa, pero esta
vez, oh milagro, se detiene, se inclina sobre el tablero y, ¡maravilla
de las maravillas celestiales!, pide una silla. La sala está
insoportablemente silenciosa, todos los ojos están fijos en mí. El
maestro impone un intercambio de reinas, y me viene a la memoria, con
demoníaca precisión, la visión de la partida Yates-Lasker en la
decimoséptima ronda del Campeonato Mundial de 1924 en Nueva York.
Ganaron las negras aquella tarde de marzo. No me atrevo a esperar eso;
no estoy loco. Pero quizá por una vez en mi vida un maestro levante la
vista del tablero, como Botvinnik la levantó para mirar a Boris Spassky,
de diez años de edad, durante una partida de exhibición en Leningrado
en 1947, y me mire no como a un patzer sin nombre sino como a otro ser
humano y diga, con voz queda y tranquila, «Remis» [Me rindo].»
7 de septiembre de 1968



* Existe edición anterior («Muerte de reyes») incluida en Extraterritorial, trad. de Edgardo Russo, Siruela, Madrid 2002
En George Steiner en The New Yorker
Título original: George Steiner at «The New Yorker»
George Steiner, 2009
Traducción: María Condor
Prólogo: Robert Boyers
Edición: Robert Boyers

Publicada por Patricia Damiano



 https://patriciadamiano.blogspot.com/2018/10/george-steiner-muerte-de-reyes-1968.html  


Finalmente comparto con ustedes un video de la cantante y ajedrecista chilena Juga di Prima, quien en su tobillo izquierdo tiene un tatuaje con el retrato de François André Danican Philidor, destacado músico francés del siglo XVIII y el mejor ajedrecista de esa época.
 

ISOLATED PAWN- PEON AISLADO

Sergio Coellar Mideros
Pamplona, mayo de 2020

Categorías: Ajedrez y cultura, Historia del ajedrez

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