ORIGENES DEL AJEDREZ
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| Diego Rasskin Gutman |
Pero el Homo sapiens es diferente, no solo juega con su cuerpo, también lo hace con su mente, con esos millones de neuronas extra que han crecido en su cerebro. Con el tiempo, esos juegos mentales se convierten en misterio. Una cueva, un círculo sagrado, unos elementos, quizás unos huesos de cabra o unos palos afilados que se tiran al aire, el ansia por saber lo que no sabemos: caen los huesos de cabra y el futuro ya está escrito. Así comienza la aventura del conocimiento: unos iniciados, el chamán y la hechicera, que quieren dar sentido a las sombras cambiantes de la caverna. Dibujarán un bisonte muerto y el conjuro ya estará hecho, terminará por caer en la trampa de los hombres. Después querrán saber el porqué de muchas cosas y dominar los misterios naturales, necesitarán dialogar con la misma naturaleza que los aterra, el trueno, el relámpago, el viento y la tierra, el fuego, el aire y el agua. Querrán averiguar si las nieves se derretirán pronto, si el bisonte caerá en la trampa y cuándo.
Un día, el diálogo entre los hombres y la naturaleza se extenderá en todas las dimensiones del tiempo y el espacio. El rito de lo sagrado acabará por convertirse en el rito de lo lúdico; el juego permitirá que la batalla con el bisonte, con la tribu cercana, se haga sobre un espacio delimitado, habrá elementos nuevos, reglas y azares que tomarán forma a lo largo de milenios. El juego no es juego, el juego es naturaleza, es sagrado y responde al miedo de elegir y a la necesidad de comprender. A la imperiosa necesidad de reducir la complejidad del mundo a algo que pueda asirse, tocarse, comprenderse. El chamán y la hechicera, usan las reglas para comprender; el jugador de ajedrez, también.
Ahora volvemos a saltar hacia adelante, pero sabemos que una vez que hemos probado el salto en el tiempo encontraremos la manera de volver al pasado. Estamos en Leyden, en Holanda, poco antes del comienzo de la Segunda Guerra Mundial, y leemos un libro singular de la antropología cultural, el Homo ludens, de Johan Huizinga:
El hechicero, el vidente, el sacrificador comienzan demarcando el lugar sagrado. El sacramento y el misterio suponen un lugar consagrado. Por la forma, es lo mismo que este cerramiento se haga para un fin santo o por puro juego. La pista, el campo de tenis, el lugar marcado en el pavimento para el juego infantil de cielo e infierno, y el tablero de ajedrez, no se diferencian, formalmente, del templo ni del círculo mágico. La sorprendente uniformidad de los ritos de consagración en todo el mundo nos indica que tales ritos tienen sus raíces en un rasgo primordial y fundamental del espíritu humano.
Huizinga observa un detalle de gran profundidad y alcance sobre el origen de la sociedad y cultura humanas: el juego es un elemento constructivo, una actividad creadora, que forma a la cultura, que la informa, que le da su peculiar dinámica de relaciones entre las gentes, con sus ritos y creencias, con sus ambiciones, con su altruismo y su generosidad y, claro, también con su avaricia, sus miserias y sus maldades. El juego del cuerpo se traslada a la mente.
¿Pero cómo empieza todo? ¿Cómo empiezan los hombres a ocupar su tiempo con el juego? El juego trasciende el juego, trasciende la metáfora y el modelo. El juego es vida. Es ahí, en ese contexto, mucho, muchísimo antes de la aparición del ajedrez en su forma más o menos moderna, donde podemos entender la pasión que despiertan los juegos. Hagamos entonces una hipótesis razonable. El juego aparece como una forma de conocimiento; un conocimiento que, en su forma más primitiva, se reduce a la causa y el efecto. Poder predecir lo que ocurrirá para que lo desconocido no nos amedrente tanto.
Todo comienza con los ciclos. El día y la noche, el frío del invierno y el calor del verano. Todo vuelve, nada es nuevo salvo la catástrofe que aterroriza al hombre y termina por convertirse en leyenda: la gran inundación, el viento que se llevó al poblado, los rayos que incendiaron el bosque. Lo regular, lo que ocurre todos los días, el ciclo, proporciona seguridad. El sol se eleva por la mañana y se pone por la tarde. Luego viene la luna y las estrellas. Dormiremos y el sol volverá a salir. En el ritmo encontramos algo a lo que agarrarnos. El hombre de las cavernas juega a predecir el efecto a partir de las causas.
Volvamos brevemente sobre el círculo, un ámbito donde existen leyes propias (leyes sagradas), patrones llenos de significados para el iniciado, un elemento de azar que, sin embargo, está regido por leyes sobrenaturales. Juegos de adivinación, oráculos, el I Ching, piezas que caen sobre un círculo sagrado y, de pronto, un tablero. En este nuevo espacio hay casillas que delimitan las posibilidades, piezas que las recorren sorteando peligros para llegar al final del camino en el mismo centro donde se encuentra la recompensa (el viejo bisonte de la hechicera), es el parchís milenario. El tablero se reconvierte en el ashtapada de 64 casillas y los cuatro vértices del parchís son ahora ejércitos, asistimos al nacimiento del chaturanga. Más adelante, los cuatro ejércitos se convertirán en dos y las formas primitivas del ajedrez habrán visto la luz, hacia el siglo VII de la era común.
Durante estos viajes, hemos asistido a una transformación de ida y vuelta, comenzando por el juego animal hacia lo oculto, misterioso y sagrado, para volver nuevamente hacia lo lúdico; una transformación que no nos puede dejar impasibles, ya que se trata del viaje del conocimiento. Formas de comprender la complejidad del mundo. Falta otro viaje fundamental, que dará vida al juego que hoy disfrutamos, un largo camino hacia Persia, norte de África y Europa que lo irá convirtiendo en el ajedrez moderno. Pero esa historia la dejamos para la próxima.
II. Cosmogonías, guerras y naranjas gigantes
13 septiembre, 2021ajedrezlatitudsur
Por Diego Rasskin Gutman
La cuestión de los orígenes siempre es interesante. Hay algo en la historia, en el comienzo de las cosas, que nos atrapa y nos hace querer saber más. Siempre creemos que al saber de dónde vienen las cosas, sabremos algo misterioso acerca de su naturaleza, de su realidad, que no podíamos conocer de otro modo simplemente mirando a su evolución pasada, a su desarrollo presente o a su posible devenir futuro. Tarde o temprano, en la vida de cada uno, hay un interés personal por saber más acerca de nuestros orígenes: el pueblo de los abuelos, cómo se enamoraron nuestros padres, bajo qué árbol cerca de qué puente se pusieron a salvo del resto del mundo.
En el artículo anterior pusimos las bases para una indagación acerca de los orígenes del ajedrez. Nos interesamos por el viaje del conocimiento, no por el hecho en sí del origen del juego. Entonces, establecíamos una línea genealógica entre el oráculo y el juego, entre lo sagrado y lo lúdico, entre el animal que juega y el animal que conoce. Las metáforas cambian: antes de establecerse como una metáfora de la sociedad, de la mano de la estricta moralidad cristiana, como le ocurrirá al ajedrez de la Edad Media europea, iban más allá, eran la gran abstracción, el universo entero.
El origen de la vida, o… la Creación.
El origen del hombre, o… la Creación.
Hay, también, un origen sacro en el ajedrez, una Creación, sagrada, mágica. El viaje comienza en sistemas de adivinación: puntas o flechas o varillas que se tiran al aire cuya caída sobre un círculo sagrado permite vislumbrar el futuro. Ahí ocurre un proceso de conversión en el que el círculo se convierte en un espacio propio, un modelo del universo, cuadriculado, por donde corren las fichas en busca de una recompensa. La decisión la tomará un dado. Ocho por ocho. Las 64 casillas del tablero ashtapada hindú y, en la tradición taoísta, los 64 hexagramas del I Ching, el origen de todo, que es también un juego dialéctico.
¿Dónde, cuándo? No hay una historia cierta acerca de los orígenes del ajedrez. Todas son plausibles aunque unas más que otras. Las que lo sitúan en el antiguo Egipto y la antigua Grecia parecen estar equivocadas. Los juegos de mesa con tableros y piezas poseen una antigüedad cercana a los 6000 años. Existen evidencias de múltiples juegos tanto en el antiguo Egipto como en la antigua Grecia que se han confundido con los precursores remotos del moderno ajedrez. En la tumba de Nefertari, del año 1250 antes de la era Común, hay un fresco en donde se muestra a la reina egipcia luciendo su túnica blanca, jugando sobre un tablero sobre el que se vislumbran algunas piezas de forma incierta. En Grecia, un ánfora de Exequias, retrata a Aquiles y Ajax jugando sobre un tablero. Estos descubrimientos, y otros como las piezas del siglo II halladas en Uzbekistán, simplemente señalan la existencia de los juegos de mesa como una constante en distintas civilizaciones, pero no del ajedrez. En el tablero de ajedrez, con sus 64 casillas, las blancas simbolizan la nada de las negras y las negras, la nada de las blancas. Yin y Yang. Cuando las blancas hacen un movimiento, comienza el juego dialéctico: mi todo es tu nada, tu todo es mi nada. Claude Shannon, padre de la teoría de la información y de la Ciencia de la Computación, cierra el círculo, un círculo que no es sagrado, ni mágico, sino exclusivamente del conocimiento, y utiliza el mini-max, un algoritmo que juega al ajedrez, que explota mi mejor realidad en función de la tuya. La metáfora se abre y pervierte el modelo del mundo, del universo, para adentrarse en el pensamiento humano, la toma de decisiones y la inteligencia. La materia se organiza aún más. Ya tendremos tiempo de explorarla, poco a poco.
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: Diego Rasskin-Gutman es Investigador Titular del Instituto Cavanilles de Biodiversidad y Biología Evolutiva de la Universidad de Valencia, España, donde lidera el grupo de Biología Teórica. Se especializa en modelos matemáticos de fenómenos evolutivos y de desarrollo, con énfasis en la teoría de redes y complejidad. El ajedrez es su pasión y excusa para ahondar en cuestiones que atañen a la creatividad humana, los procesos cognitivos y la reducción de la complejidad del mundo. Autor del libro “Metáforas de ajedrez: La mente humana y la Inteligencia Artificial (La Casa del Ajedrez, 2005), divulga sobre ajedrez en la revista Peón de Rey y Magazine Jot Down.
Pamplona, septiembre de 2021
Categorías: Figurativos, Historia del ajedrez







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